El fracaso del consenso

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Por los años del Desarrollo, bajo la presión del giro pacifista de mentalidad europea de posguerra, ya se expandía entre las generaciones que no habían conocido la circunstancia de los años treinta del siglo, la visión moralista del significado de nuestra Guerra en el futuro de España. La expresión oportunista de las nuevas creencias podría pronto leerse en la Historia política de las dos Españas del plurifacético García Escudero. La reiteración inane del escándalo de la guerra española ha proseguido hasta hoy. No hay quien se atreva a escribir una línea sin hablar de la contienda de 1936 como “lo peor de la historia de España”, sea por convicción (?), sea por concesión.  Matanza fratricida, guerra incivil, fracaso colectivo, vergüenza, oprobio, etc., es lo menos que se lee y escucha. La visión alternativa que, con ponderación o desmesura, aún defendían bastantes, era ya fácilmente impugnable como ideológica en la situación de real, grave desideologización que el Régimen, por afán de pacificación de los espíritus, estaba propiciando. De esa manera, el desarme cultural llevó en los años setenta a la consigna posconciliar del afán de concordia, plasmada en la suplantación de la legitimidad histórica, concreta, por  un centón de vagas ideas abstractas con las que poder ir a cualquiera parte, es decir, con las que no se sabía ya adonde ir.

Con buena intención, ahora que estamos al borde de completar un ciclo en el punto en que lo empezamos, se insiste en que la Transición sacó las últimas consecuencias de una reconciliación que ya estaba hecha en la paz de los sesenta. Nunca he creído tal cosa. La defensa de la Constitución, que es la defensa de la situación, es decir, de lo que se ha llamado con imagen absolutamente exacta el candado, está ocasionando el irónico espectáculo de que quienes con toda razón juzgaron  aquella operación como un puro disparate interesado, vayan a ser ahora los defensores del espíritu –o del espectro– del 78. De la pacificación, real y sincera, a la superación del enfrentamiento había por necesidad un trayecto de décadas que no se había completado, pero lo que hoy se ve, es decir, puede ver cualquiera, pero no se quiere ver, porque es humano, demasiado humano, nunca reconocer los errores de la grande o pequeña política, es el fracaso absoluto de la “concordia” y el “consenso” de 1978. La ruin “venganza inocua” (?) de Cuelgamuros es la prueba irrefragable y sus consecuencias ni las imaginan los que la han urdido o permitido.

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